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Al
soplo de tu ira se agolparon las aguas,
las olas se levantaron como un dique,
se hicieron compactos
los abismos del mar.
El enemigo decía:
«Los perseguiré, los alcanzaré,
repartiré sus despojos, saciaré mi avidez,
desenvainaré la espada, mi mano los destruirá.»
Tú soplaste con tu aliento,
y el mar los envolvió;
se hundieron como plomo en las aguas formidables.
Extendiste tu mano y los tragó la tierra.
Tú lo llevas y lo plantas
en la montaña de tu herencia,
en el lugar que preparaste para tu morada,
en el Santuario, Señor, que fundaron tus manos. |
Ma.XVI-1 |